Artesanía en Avilés

Avilés › Asturias

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Ruta GPS

Teléfonos: Oficina de turismo

985 544 325

 

Datos básicos

Clasificación: Etnografía

Clase: El concejo

Tipo: Artes

Comunidad autónoma: Principado de Asturias

Provincia: Asturias

Municipio: Avilés

Parroquia: Avilés

Entidad: Avilés

Comarca: Comarca de Avilés

Zona: Centro de Asturias

Situación: Costa de Asturias

Dirección: Aviles

Código postal: 33400

Cómo llegar: Artesanía en Avilés

Dirección digital: 8CMPH35G+82

E-mail: Oficina de turismo

E-mail: Ayuntamiento de Avilés

Sobre Avilés: Cosmopolita, marinera, medieval, dinámica y metropolitana, así es la ciudad de Avilés y su entorno.

Tipo de turismo: accesible, arquitectónico, carreras de montaña, cementerios, cicloturismo, compras, costero, cultural, espacios protegidos, eventos, gastronómico, industrial, lgtb, marítimo o de cruceros, monumental, negocios, ornitológico, religioso, reuniones y congresos, rural, seminarios y convenciones, sol y playa, urbano o de ciudad y viajes de incentivo.

 

Artesanía en Avilés

Nota: No disponemos de foto de Artesanía en Avilés, mostramos un detalle del mapa de la zona. Si observa algún error en el contenido, agradecemos use el formulario que hay a pie de página.

Descripción:

Entre los concejos asturianos, el de Avilés fue uno de los más beneficiados por la actividad artesanal. Al asentamiento de alfareros, caldereros, ferreros, tejedoras, tejeros, canteros, madreñeros, etc., contribuyeron decisivamente dos factores, uno geográfico: su condición de lugar de paso, y otro económico: su intenso dinamismo. Esa actividad ha dejado huella en nombres como La Ferrería, Cabruñana o Los Telares. Sabugo contó con una importante fábrica de tejidos a fines del siglo XIX y, como barrio tradicional que era de pescadores de la villa avilesina, fue refugio de rederos, carpinteros de ribera, etc. La industria artesanal de la calderería de cobre fue importante en poblaciones como Avilés, Villalegre, donde se creó La Cobrería, en 1753, que fabricaba potes, bacías y otros objetos en gran cantidad, y Miranda, cuyo gremio tenía una jerga particular, el bron. En la artesanía del barro tuvo también Miranda un papel muy destacado; de sus alfares salieron piezas de cerámica negra, entre otras, el tonel, el botijo, la botía, el vedrío, la escudiella y la penada, hoy expuestas en un pequeño museo de cerámica tradicional instalado en dependencias parroquiales y, asimismo, en el del Pueblo de Asturias (Gijón); el mirandino custodia, además, piezas de los antiguos alfares avilesinos de Bao (Miranda) y Valliniello, de dos lugares de Asturias fundamentales a este nivel: Llamas del Mouro (Cangas de Narcea) y Faro (Oviedo), de Vega de Poja en el concejo asturiano de Siero (la llamada cerámica «del Rayu»), de Galicia (Bonxe, Buño), reproducción de cerámica mejicana, mapas, etc. En la misma villa hubo un importante establecimiento dedicado a comercializar la cerámica negra. La primera fábrica de loza de Asturias se fundó en Miranda en 1781 y sacó al mercado piezas producidas por el sistema Bristol, según Fuertes Acevedo y Jovellanos.

En 1983 se estrenó la Escuela Municipal de Cerámica de Avilés (Plaza de Camposagrado, 3 - San Bernardo, 26), centro que tiene una gran imbricación en la vida de la ciudad. La recuperación y el recuerdo de épocas pasadas, a la vez que la concienciación sobre la importancia de la cerámica en muy distintas ramas del conocimiento, han sido sus tareas fundamentales. Así, no se ha dejado morir la práctica de una artesanía histórica en este municipio y, a la vez, se ha potenciado la condición de Avilés como capital de la cerámica contemporánea en Asturias, siendo bastantes los artistas surgidos en las aulas de la escuela que se han integrado, unos en la historia más reciente del arte contemporáneo de nuestra comunidad y otros en el ámbito comercial o educacional, haciendo de la cerámica su medio de vida.

El Pabellón de la Magdalena y la Casa Municipal de Cultura acogen, cada año, una Muestra de Cerámica (junio) y el Certamen San Agustín de Cerámica (agosto), respectivamente, este último convocado por vez primera en 1995 en un intento de traer a Avilés obras de los más importantes ceramistas.

Respecto a la orientación de la cerámica actual, el etnógrafo José Manuel Feito, párroco de Miranda, viene manteniendo —en su opinión, sin eco alguno—, la siguiente teoría. Tenemos una cerámica tradicional asturiana, en parte recogida en museos, en parte estudiada ya en varios trabajos publicados. Cuando Jovellanos pasó por Miranda en 1792 dejó una página que es clásica en la artesanía y sobre todo en lo referente a la cerámica: habla de fábricas, de hornos, de cocción en negro, de vajilla asturiana, de exportación, de colores de dicha cerámica (azul, verde y amarillo), etc. Como poseemos también una decoración que está recogida en los trabajos sobre cerámica, en concreto en el libro Cerámica tradicional asturiana, no sería difícil que unos buenos diseñadores modernos, con esta decoración a la vista, colores y formas de la cerámica tradicional, diseñaran nuevas formas inspiradas en esas características a fin de no perder el carnet de identidad en nuestra artesanía. Y esto, una vez elaborado y bien pensado, llevarlo a las fábricas de loza de San Claudio o la de Gijón, que al parecer pasan por un momento muy crítico, y lanzar la vajilla típica asturiana, dejando a un lado los motivos tópicos del hórreo, la madreña y el escudo, que es lo único que ponen como seña de identidad. No, nuestra cerámica no necesita que se le ponga debajo el hórreo para decir que es asturiana... eso es como escribir con letras: esto es «cerámica asturiana»; ella misma tenía ya por sí que llevar la impronta de nuestra cerámica tradicional, de modo que al ver una pieza pudiéramos decir: «Cerámica asturiana», lo mismo que cuando vemos una pieza de Sargadelos, Manises o Talavera no necesitamos más para reconocer su procedencia.

ALFARES DE MIRANDA

A riesgo de que aparezcan nuevos testimonios escritos, hoy por hoy podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que son los alfares de Miranda los que cuentan con más documentación escrita y más antigua. Tres son los archivos donde pudimos encontrar documentación sobre cerámica de Miranda: Archivo Notarial de Oviedo, Archivo Provincial (Oviedo) y Archivo del Ayuntamiento de Avilés. Sin duda que existirán más y los citados tampoco han sido examinados en su totalidad.

El documento escrito más antiguo del que tenemos noticia sobre alfarería tradicional asturiana se refiere a los alfares de Miranda —localidad que se asienta sobre una gran veta de barro, de ahí que hubiese también y hasta hace no mucho un buen número de tejeros—. Está fechado el día 5 de agosto de 1657 y se encuentra en el Archivo Notarial de Oviedo. Versa sobre la fabricación por parte de los alfareros de Miranda de mil caños o tuberías de media vara de largo (417 mm) y una sexma de hueco o diámetro (139 mm), con destino a la conducción de agua del convento de Santa María de la Vega (Oviedo), hoy Fábrica de Armas.

El segundo documento obra en el Archivo Histórico Provincial de Oviedo, y data de 1669. Contiene noticias muy interesantes sobre alfareros, precios, formas, destino, medio de transporte, etc., de aquella época.

El ilustre polígrafo Melchor Jovellanos describe la vida y quehacer de los alfares mirandinos de manera magistral y única. Leyendo detenidamente el texto, podemos caer en la cuenta de la importancia que tenía la industria alfarera de Miranda a los ojos del prócer asturiano y del estilo empleado por el autor de los Diarios y que ha sido descrito como el párrafo literario más representativo de la literatura de la Ilustración, en palabras de Alonso Zamora Vicente. El párrafo se encuentra en el Diario IV Itinerario VIII con fecha 2 de agosto jueves de 1792. El texto dice lo siguiente:

«Miranda, lugar grande, compuesto de tres o cuatro barriadas algo separadas en que está reunida la población. En una de ellas vimos los hornos y fábricas de barro común que aquí se trabaja; la mayor parte de ellos cavados en la tierra, de grosera y no bien dirigida forma. El barro es rojo y después de cocido conserva el mismo color, aunque más claro tirando algo a blanco.

Para darle el negro brillante y fino de los botijos, basta cerrar muy cuidadosamente el horno después de la cochura, y sin duda el humo ahogado en él penetra por todos los poros del barro y se vuelve negro.

La operación preparatoria se reduce a machacar el barro, que se trata del mismo término, pasarlo después por un tamiz, amasarlo luego en unos duernos con agua, y al fin pasarlo a los tornos para darle forma.

Hay como unos treinta hornos en los que se trabaja el barro común y da color negro; otros cuatro destinados al barro blanco, aunque no lo es, con su vidriado blanco y amarillento y con algunos rasgos verdes y azules. En estos se hace la antigua y ordinaria vajilla de nuestro pueblo.

Los tres colores típicos de la cerámica tradicional de Miranda pudieran ser los tres colores típicos para una cerámica asturiana de proyección nacional: azul, amarillo y verde, sobre un fondo blanco...

Un horno se carga con doscientas docenas de piezas, bien entendido que la docena que lleva doce piezas pequeñas se compone de cuatro, tres, dos y aun una sola pieza si son grandes, graduándose la cuenta por el tamaño y no por el número.

Cuanto se trabaja se arrebata de las manos de los fabricantes. Consúmese en Asturias y en toda nuestra costa septentrional, desde Vizcaya a Galicia. Pudiera por lo mismo aumentarse mucho esta manufactura, si no fuera escaseando el rozo que se gasta en los hornos. Esto indica la necesidad de gastar carbón de piedra. Acaso con él no se podría dar el negro; pero siendo una la operación de cocer y otra la de negrear el barro, pudiera muy bien gastarse carbón para la primera y rozo para la segunda. Este objeto merece toda atención.

Miranda es de la parroquia de [San Nicolás] de Avilés, y merece por su población, su industria y proporciones, tener parroquialidad separada. Sus diezmos son íntegramente del Obispo y Cabildo; tanto mejor [se sobreentiende para lograr la parroquialidad e independencia de San Nicolás]» (Diarios).

«Difícilmente podemos encontrar —comenta Alonso Zamora Vicente (Cuadernos del Norte, nº 3, p. 19)— un trozo de la típica lengua de la ilustración tan representativo como éste. Refleja cumplidamente el giro que dan las nuevas sociopolíticas del siglo XVIII. Tal cambio no ha vuelto a darse en la historia de la lengua española hasta la aparición de la física espacial... Las palabras de Jovellanos eran unos agrios neologismos en el momento en que las escribió: manufactura, negrear (dar el negro), objeto (asunto, negocio, tema). Incluso carbón de piedra. Más adelante habla de parroquialidad, una forma de nuestros tan frecuentes en —idad (asturianidad, idoneidad, etc.) tan usuales en la lengua política. Todo ello mezclándose con las voces tradicionales como rozo, duerno, cochura...».

La voz de Jovellanos se hizo realidad cuando cien años después se creó la parroquia y doscientos años más tarde empezaron a funcionar de nuevo unos alfares (Enrique Gómez, Ismael Alonso, Ricardo Fernández, y las Escuelas de Cerámica de Miranda y Avilés, al frente de las cuales estuvo un alfarero de Gundivós —Lugo—, llamado Alonso Rodríguez).

Jovellanos fija entre otras cosas los colores de la loza (azul, verde y amarillo), recoge una nueva forma de contar por docenas ya que se atiende al volumen y no al número (los caldereros también tienen su forma peculiar de fraccionar la numeración romana en cuartos, medias y onzas por medio de rayitas semejantes a pequeños números romanos). Y, sobre todo, Jovellanos recoge la producción y la exportación por todo el norte de la península.

Martínez Marina, en el artículo Avilés, dice al hablar de Miranda: «... es bien conocido por sus barros y fábrica de barro común y loza ordinaria que allí se trabaja, cuyas ollas, jarras y otras piezas se venden en toda Asturias, y aún se extraen para Galicia y Vizcaya». Curiosamente no hace mención a la calderería.

David Arias habla de «jarrería negra...» en 1893.

Bellmunt y Canella: «En las proximidades de Avilés aún existen dos industrias que algunos suponen de origen romano: las famosas vasijas de barro ennegrecido cocidas en Miranda y los objetos de cobre...»; la industria del barro negro «es especial, sin precedentes en la provincia, exclusiva del citado pueblo, ejercida sólo por los naturales del país, que conservan el secreto de la fabricación; pero la forma de las indicadas vasijas que son de varias clases y destinos, aunque latina, según Fernández Guerra, no se parece a la cerámica romana, no alcanza su grado de elegancia y perfección.

»No podemos, por lo tanto, afirmar que tenga este origen, pero sí que no hay noticia de la época en que comenzó, ni de dónde pudo haber sido importada por los hijos del próspero pueblo de Miranda que la transmiten de padres a hijos en el mismo estado en que la recibieron de sus mayores sin hacer nada por mejorarla o perfeccionarla» (Asturias, t. I, pág. 202).

La tipología mirandina se puede cifrar en doce piezas, aunque sin duda los alfares produjeron bastantes más. He aquí las más importantes: la botía, vasija alta, con boca ancha; la escudilla, pequeña vasija utilizada como taza o tazón; la cántara, la pieza más representativa, de grandes dimensiones, de ancha panza, utilizada para conservar entre grasa los productos de la matanza; la quesera, empleada para la elaboración de quesos, de forma cilíndrica y agujereada en toda la pared; la cazuela, con boca ancha para su fácil limpieza; la jarra, vasija de ligera panza, cuello alto y pico vertedor; la penada, especie de cántaro con dos asas para el transporte y conservación del agua; la olla, del mismo tipo que la cazuela, pero de mayor altura; el vidrio, una gran fuente; el botijo; la tarreña, vasija similar a la cazuela, pero más baja, y el tonel, la pieza más característica y peculiar de la alfarería mirandina, con una forma adaptada a la configuración de las alforjas de las caballerías que traían el agua desde las fuentes a los lugares de consumo.

En la actualidad, además de la Escuela Taller, ubicada en locales de la parroquia, donde se imparten cursos y donde se encuentra el pequeño museo de cerámica tradicional, biblioteca y archivo de cerámica asturiana, trabajan la cerámica en Miranda: Ricardo Fernández López (tfno. 985 54 81 24), en Villanueva y Escuela Municipal; Ismael Alonso Rivero (tfno. 985 54 94 86), en el Alfaraz y barrio de Miranda, y Belén Fernández Montaño (tfno. 985 51 18 65), en Miranda y residente en Bao, lugar de dicha parroquia.

EL COBRE Y LOS CALDEREROS DE MIRANDA

La industria del cobre se remonta en Asturias a muchos años de historia, aunque en realidad el único lugar donde se ha hecho popular su artesanía fue en el concejo de Corvera de Asturias y en Avilés, y más concretamente en uno de sus barrios, llamado Miranda.

El martillo es el principal instrumento para este trabajo. Los hay de espanzar, para abrir o sacar panza a las vasijas; de entallar, para darles forma; de rebatir, para trabajar el fondo o base de vasija; de cuesta, si el trabajo es sobre las paredes de la misma. Los martillos de peña se utilizan para la labor de colocar las guarniciones: asas y orejas de hierro, y con los de saca-suelos se sacaban los golpes del primer rebatido.

Los golpes se daban acompasadamente haciendo girar la caldera sobre la estaca, valiéndose para ello de dos dedos de la mano izquierda y de la rodilla derecha, o también sobre la palanca o estaca de hierro clavada horizontalmente siguiendo el ritmo de tres golpes más suaves y uno fuerte, o simplemente dos golpes.

Las piezas fabricadas iban desde la complicada alquitara para destilar el orujo, tan usada por los licoreros populares, hasta la simple caldera, usada hoy sobre todo con fines decorativos, amén de otras piezas: chocolateras, perolas, cazos, ferradas, paragüeros, ceniceros, cazos de esponjaos, etc.

En realidad, casi todas las familias de Miranda eran caldereros. Su instrumental era escaso: la estaca o barra de hierro que se hincaba en el suelo y servía para remachar los clavos de la guarnición; la clavera o lajas de hierro con agujeros de más o menos diámetro, en los que se hacían los remaches para las composturas; punzones, tijeras, mazos y pocas cosas más.

También se dedicaban a la venta ambulante de sus productos por el resto de Asturias, Galicia y Castilla. La zona o partido castellano comprendía parte de la provincia de León. Muchos pueblos aún recuerdan su paso y llegada. Cada calderero y familia tenía su zona, que respetaban celosamente procurando no meterse en la del compañero. En las transacciones empleaban su jerga, el bron. Durante los meses de verano, como las gentes a quienes se dirigían estaban dedicadas a las faenas del campo, el calderero descansaba.

Los talleres de Miranda dejaron de funcionar hace muchos años debido a la escasa demanda que al final tuvo este género de mercancía. En un intento de rescatar del olvido esta actividad, José Manuel Feito espera que se atienda su deseo de crear un museo-escuela de calderería en la antigua escuela de niñas mirandesa, fundada por José Menéndez, el Rey de la Patagonia

Historia de Avilés

Las primeras noticias de la presencia humana en el concejo datan de la Prehistoria. Por los pocos restos que nos han llegado —un hacha del Paleolítico Inferior y tres del Neolítico, estas últimas encontradas en La Rocica—, esta presencia fue más bien escasa. Se desconoce, igualmente, si en el concejo existieron castros. Hay mucha vaguedad también sobre el origen de Avilés. Se supone que proviene de un asentamiento romano cuyo poseedor se llamaba Abilius. Se han encontrado escasos y dispersos materiales de ese período: un capitel de mármol, de orden corintio, reutilizado como pila bautismal en la iglesia de San Nicolás de Bari, y monedas romanas en la ría, Sabugo, Llaranes y La Carriona.

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